La Mendiga y el Rey

Cuentan que hace mucho tiempo, en un reino lejano, vivía un rey joven y apuesto, admirado por todos. Aunque poseía riquezas inimaginables y un reino próspero, sentía un vacío en su corazón: buscaba una esposa. Las mujeres más bellas de

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Miguel Rico

11/6/20253 min read

La Mendiga y el Rey: Una Lección de Amor Propio

Cuentan que hace mucho tiempo, en un reino lejano, vivía un rey joven y apuesto, admirado por todos. Aunque poseía riquezas inimaginables y un reino próspero, sentía un vacío en su corazón: buscaba una esposa. Las mujeres más bellas de su reino, y de tierras lejanas, acudían al palacio para conquistar su amor. Ofrecían su belleza, dones, e incluso riquezas, pero nada lograba llenar el anhelo profundo del rey.

Un día, de manera inesperada, llegó al palacio una mendiga. Era una mujer sencilla, con ropas humildes y un aire sereno que contrastaba con la opulencia del lugar. Tras mucho insistir, logró una audiencia con el rey.

—No tengo riquezas ni joyas que ofrecerte —dijo con una voz tranquila, pero firme—. Solo tengo el amor inmenso que siento por ti. Y si me lo permites, puedo demostrarte hasta dónde soy capaz de llegar por ese amor.

El rey, intrigado, le preguntó cómo pensaba hacerlo.

—Permaneceré 100 días en tu balcón —explicó—. No comeré ni beberé, soportaré el frío de la noche, el calor del sol, la lluvia y el viento. Si logro resistir, ¿me aceptarás como tu esposa?

El rey, sorprendido por su valentía, aceptó el desafío.

—Si una mujer puede soportar tal sacrificio por mí, será digna de ser mi reina.

Así comenzó la prueba. Día tras día, la mujer permaneció en el balcón, enfrentando tempestades, el hambre que desgarraba su cuerpo, y el frío que calaba hasta sus huesos. Imaginaba su vida junto al rey, y eso le daba fuerzas para seguir. De vez en cuando, el rey asomaba la cabeza desde la comodidad de su habitación y, con un gesto de pulgar arriba, le ofrecía un ánimo distante.

Pasaron 20 días, luego 50. La mujer seguía firme, aunque su cuerpo comenzaba a ceder. Los habitantes del reino, emocionados, veían en ella a su futura reina. En el día 90, la mujer apenas podía sostenerse en pie, pero su determinación seguía intacta. "Solo unos días más", se repetía.

Cuando llegó el día 99, el pueblo entero se reunió fuera del palacio, contando las horas para la medianoche, cuando la mujer sería coronada reina. Sin embargo, algo inesperado ocurrió. A las 11 de la noche, faltando solo una hora para culminar su sacrificio, la mujer se levantó con dificultad, miró al rey que la observaba desde su ventana y, sin decir una palabra, se marchó.

El pueblo quedó atónito. ¿Cómo podía abandonar su sueño tan cerca de alcanzarlo? Al llegar a su casa, su padre, preocupado, le preguntó:

—Hija, ¿por qué te rendiste? Soportaste tanto y estabas a punto de ser reina.

Ella lo miró con una calma que reflejaba tanto dolor como sabiduría.

—Padre, pasé 99 días y 23 horas en ese balcón. En todo ese tiempo, él me vio sufrir, día tras día, y jamás mostró compasión. Nunca tuvo un gesto de bondad, una palabra que aliviara mi carga, una acción que demostrara que mi sufrimiento le importaba. Solo se limitaba a observarme desde lejos y animarme a seguir, como si mi sacrificio fuera su derecho. Entonces lo entendí: un hombre tan egoísta y desconsiderado, incapaz de ver mi dolor, no merece mi amor.

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La metáfora terapéutica:

El sacrificio no es amor. A menudo, nos encontramos en relaciones donde sentimos que debemos esforzarnos, luchar y soportar para ser dignos del afecto del otro. Pero el amor verdadero no exige sacrificios que destruyan nuestra esencia. Si alguien no puede responder con empatía, cuidado y reciprocidad, no merece ocupar un lugar en nuestro corazón. Amar no significa soportar sufrimiento, sino encontrar a alguien que camine a nuestro lado, no delante, ni detrás.

Cuando ames, recuerda esta historia. Si para conservar a alguien necesitas rogar, suplicar o renunciar a ti mismo, da un paso atrás. El amor propio es el primer acto de verdadero amor.